En Matehuala hay un problema del que pocos quieren hablar hasta que les toca enfrentarlo: no hay dónde enterrar a los muertos. Los panteones Hidalgo y Guadalupe rebasaron su capacidad hace tiempo. Hoy, conseguir una fosa en los cementerios municipales se ha convertido en un imposible.

La falta de espacio funerario no es un tema de grilla política ni de una sola administración; es una factura que la ciudad está pagando por años de crecimiento sin planeación. Pero más allá del trámite o del terreno que falta, las consecuencias de este rezago pegan a diario en la vida del municipio.

El primer impacto de no tener un panteón público con capacidad real es económico. Cuando el municipio no puede ofrecer un espacio, la única alternativa inmediata es el servicio privado o buscar acomodo en cementerios de comunidades o ejidos vecinos.

Para una familia de escasos recursos, perder a un familiar implica sumarle al dolor de la pérdida una crisis financiera. El costo de traslados, permisos fuera de la mancha urbana o la contratación de servicios privados convierte una necesidad básica en un gasto impagable. Esa falta de infraestructura marca la desigualdad que vive el municipio.

Sin embargo, abrir un panteón no es solo poner una barda y vender terrenos. Implica estudios de suelo, permisos ambientales rigurosos y cuidar que no se afecten los mantos acuíferos, un tema delicado en el Altiplano.

Matehuala ha crecido en comercio, en tráfico y en vivienda, pero el equipamiento básico se quedó atascado. Una cabecera municipal que aspira a ser el motor de la región no puede permitir que sus servicios esenciales sean escasos por falta de espacio.

Resolver la falta de un panteón municipal requiere dejar de verlo como un gasto de emergencia y asumirlo como una obra de infraestructura urgente. No se trata de apuntar dedos, sino de poner sobre la mesa la prioridad de que Matehuala necesita ordenar su crecimiento hacia el futuro, y eso empieza por resolver los servicios más básicos de su gente.

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