La Selección Mexicana de Fútbol lo anhela, lo sueña y lo merece. El esfuerzo de los jugadores en la cancha y la ilusión de un país entero por ver triunfar al combinado nacional son legítimos. Sin embargo, lo que el equipo no merece, y lo que este país ya no puede soportar, es a un público eufórico que se convierte en un peligro andante; una afición desbocada que no respeta, que carece de control y que parece incapaz de entender cómo vivir una pasión sin lastimar a toda una nación.

Históricamente, los triunfos de la selección han sido sinónimo de fiesta, pero cuando la gente sale a las calles a celebrar las victorias del «Tri», muchos pierden por completo los estribos. Las emociones, sin prudencia, escalan a niveles de terror. El saldo en el territorio mexicano ha sido devastador con la muerte de cuatro personas en México. Celebraciones que debieron ser memorias de alegría se transformaron en funerales.

En San Luis Potosí, la euforia desmedida suele traducirse en vandalismo, riñas y vehículos severamente dañados por multitudes que confunden el festejo con todo tipo de desmanes. Incluso Matehuala, aunque los disturbios se reportan a menor escala, el comportamiento de algunos aficionados genera una profunda molestia y temor.

Es bajo este contexto de descontrol que surge la dolorosa realidad de que México no merece el triunfo. Y que se entienda que esta frase no va dirigida a la escuadra de futbol, cuyos méritos deportivos están. Hoy, la victoria se ha vuelto sinónimo de miedo. Las autoridades municipales y estatales simplemente están rebasadas ante multitudes incontrolables que toman las calles con el pretexto de “festejar”.

Con un partido contra Inglaterra en puerta, la expectativa de una nueva victoria se dibuja de preocupación. De ganar México su encuentro del próximo domingo, el ambiente para la sociedad será de una profunda tensión y de un estado de alerta ante lo que pueda suceder en las calles con estas circunstancias. Resulta aterrador pensar en que la Selección Mexicana pueda ser campeona, pues el festejo detonaría un caos de proporciones impredecibles.

Mientras el resto del país debate sobre estrategias y goles, hay familias que, hasta ahora, recordarán el mundial con una profunda tristeza. Para ellos llegará el dolor de la ausencia, en sus mesas falta una persona, una vida que fue arrebatada a causa de una celebración mortal.

La pasión por el fútbol es innegable, pero cuando el silbatazo final despierta la violencia, es momento de reflexionar. México, como sociedad, no merece ganar si los festejos serán a costa de la vida y la tranquilidad de sus propios ciudadanos.

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